AXE PEACE | Make Love, Not War (Official :60)
En estos tiempos de sobreinformación, noticias sesgadas de medios de comunicación dependientes y sociedad intoxicada de la avalancha de mensajes vía webs, media, redes sociales, etc, cada vez se ve más mermada nuestra capacidad para discernir, para saber quedarnos con lo relevante y valioso, ya sea para el conocimiento como para nuestras emociones.
Es verdad que los anuncios de publicidad emocional empiezan a hacerse algo cansinos _debo confesar que siempre me enternecen_ y que los pobres creativos se deben devanar los sesos para dar con la fórmula que conecte ipso facto con el espectador. Aquí os dejo un anuncio que me ha encantado, por sencillo, por su mensaje claro y certero (nunca nos cansa la máxima jipi de MAKE PEACE, NO WAR), por su fotografía y por lo apropiado y actual que resulta hoy en día.
viernes, 17 de enero de 2014
miércoles, 8 de enero de 2014
Elogio del torpe primer beso
De lo que más me entretiene en el mundo es coger revistas viejas acumuladas y, con el propósito de tirarlas y deshacerme de ellas para siempre tratando inútilmente de que no colonicen y habiten más km2 de mi hogar, recortar imágenes, números, palabras, ideas, como material de collage. Me parece un crimen tirar papel de cualquier tipo a la basura sin antes desgranarlo visualmente a ver si algo me sirve como materia prima para posteriores fotomontajes caseros.
Pues en ello estaba, cuando me he topado con una edición de El Duende del año 2009 dedicada a los besos. Sin poder evitarlo, me la he leído entera. Es lo que tiene acumular, que luego tardas siglos en tirar...me distraigo con cada maldito artículo!
Aquí comparto con vosotros un "Elogio del torpe primer beso" escrito por Andrés Barba, que me ha gustado y me ha hecho viajar a la adolescencia. He eliminado algún párrafo por no eternizarlo, pero recomiendo su lectura:
De los besos quizá se podrían sostener todas las afirmaciones posibles, de los primeros besos no tantas. De los besos atropellados, de los que caen por su propio peso, de los que han precisado cierta dosis etílica previa para terminar de lanzarse, de los muy deseados y de los que ocurren como los accidentes o como los tropezones _uno se vuelve y ahí estaba: el beso_, de los mentirosos o de los lúbricos, primeros todos, cuando se dan por primera vez -como las familias felices de Tolstoi- tienen algo en común. Hay como un batiburrillo inicial de largas costumbres. Ni el mismo chiste hace gracia a las mismas personas ni hay dos seres en este planeta que besen idéntico, pero cuando uno besa a alguien por primera vez tira, como quien dice, de lo primero que conoce, o de lo que le ha funcionado casi siempre. Como es de prever que la otra persona está haciendo lo mismo lo más corriente es que se produzca un desacuerdo. No un gran desacuerdo, sino más bien un desacuerdo minúsculo y patoso, que es parte integrante y fundamental de la gracia del primer beso y que consiste sobre todo en una dolorosa arritmia: cuando uno gira la cabeza hacia un lado la otra hace lo mismo, pero no hacia el lado opuesto sino hacia el mismo, por lo que parece más una coreografía de Bonnie M que un beso en condiciones, basta que uno entreabra los los labios para que la otra los cierre, o que los cierre uno para que ella los abra, y hasta hay ocasiones en que uno tiene la sensación de que en esa boca que se besa por primera vez todo es dientes, dientes por todas partes (no hay enemigo más furibundo del primer beso que los dientes) o que se ha llevado -como en los cuentos- la lengua el gato, o alguien que no es el gato.
Otro enemigo furibundo del primer beso es la nariz. Quien tiene una nariz como Dios manda ha de estar muy pendiente. La nariz puede muy fácilmente chocar con la otra nariz (o no caber en lugar alguno, porque las narices, cuando se besa, en algún lugar tienen que meterse las pobres, no van a desaparecer), pueden también irse directas al ojo de la incauta (por eso las mujeres siempre cierran los ojos cuando besan por primera vez, no es romanticismo: es miedo) o pueden sencillamente molestar, porque las narices molestan también, a su triste y nasal manera.
Pero el primer beso nos guarda muchas sorpresas aún. Tal vez la menor de todas no sea la extrañeza que produce comprobar una y mil veces lo mucho que cambia una cara vista tan de cerca. Tal vez por eso cierren las chicas los ojos: para no tener que verlo. A veces los cambios son tan sorprendentes que uno se pregunta si no le habrán cambiado a uno la persona en el último segundo. Hay gente que gana en la microdistancia y gente que pierde casi todos sus puntos. Basta, en cualquier caso, con cerrar los ojos y quererla por lo que es, o lo que esperamos que sea, o lo que fue cuando era niña pequeña y no hacía nada malo.
Pero la gran asignatura pendiente del primer beso, qué duda cabe, es el gusto. Cada uno tiene el suyo -su gusto y sus gustos- y jamás se debería olvidar que igual que las personas saben, nosotros también les sabemos a otras personas, tal vez no siempre no todo lo bien que nos gustaría. Yo soy un gran fan -en los primeros besos- de los gustos inesperados. Y es que el gusto -como el tamaño de ciertas cosas- son siempre la gran sorpresa y el lugar en torno al que se genera el mayor número de expectativas. Son también los grandes delatores del alcohol ingerido o los pitillos fumados, pero hay que ser indulgente con los sabores nuevos.
El primer beso será siempre esa criatura retráctil y un poco patosa. Si se parece más a un golpe que a una carantoñano es desde luego culpa suya, ni quizá nuestra. Y es que si cada uno vive como puede no es menos cierto que cada cual besa también como Dios le da a entender. O al menos la primera vez.
Pues en ello estaba, cuando me he topado con una edición de El Duende del año 2009 dedicada a los besos. Sin poder evitarlo, me la he leído entera. Es lo que tiene acumular, que luego tardas siglos en tirar...me distraigo con cada maldito artículo!
Aquí comparto con vosotros un "Elogio del torpe primer beso" escrito por Andrés Barba, que me ha gustado y me ha hecho viajar a la adolescencia. He eliminado algún párrafo por no eternizarlo, pero recomiendo su lectura:
De los besos quizá se podrían sostener todas las afirmaciones posibles, de los primeros besos no tantas. De los besos atropellados, de los que caen por su propio peso, de los que han precisado cierta dosis etílica previa para terminar de lanzarse, de los muy deseados y de los que ocurren como los accidentes o como los tropezones _uno se vuelve y ahí estaba: el beso_, de los mentirosos o de los lúbricos, primeros todos, cuando se dan por primera vez -como las familias felices de Tolstoi- tienen algo en común. Hay como un batiburrillo inicial de largas costumbres. Ni el mismo chiste hace gracia a las mismas personas ni hay dos seres en este planeta que besen idéntico, pero cuando uno besa a alguien por primera vez tira, como quien dice, de lo primero que conoce, o de lo que le ha funcionado casi siempre. Como es de prever que la otra persona está haciendo lo mismo lo más corriente es que se produzca un desacuerdo. No un gran desacuerdo, sino más bien un desacuerdo minúsculo y patoso, que es parte integrante y fundamental de la gracia del primer beso y que consiste sobre todo en una dolorosa arritmia: cuando uno gira la cabeza hacia un lado la otra hace lo mismo, pero no hacia el lado opuesto sino hacia el mismo, por lo que parece más una coreografía de Bonnie M que un beso en condiciones, basta que uno entreabra los los labios para que la otra los cierre, o que los cierre uno para que ella los abra, y hasta hay ocasiones en que uno tiene la sensación de que en esa boca que se besa por primera vez todo es dientes, dientes por todas partes (no hay enemigo más furibundo del primer beso que los dientes) o que se ha llevado -como en los cuentos- la lengua el gato, o alguien que no es el gato.
Otro enemigo furibundo del primer beso es la nariz. Quien tiene una nariz como Dios manda ha de estar muy pendiente. La nariz puede muy fácilmente chocar con la otra nariz (o no caber en lugar alguno, porque las narices, cuando se besa, en algún lugar tienen que meterse las pobres, no van a desaparecer), pueden también irse directas al ojo de la incauta (por eso las mujeres siempre cierran los ojos cuando besan por primera vez, no es romanticismo: es miedo) o pueden sencillamente molestar, porque las narices molestan también, a su triste y nasal manera.
Pero el primer beso nos guarda muchas sorpresas aún. Tal vez la menor de todas no sea la extrañeza que produce comprobar una y mil veces lo mucho que cambia una cara vista tan de cerca. Tal vez por eso cierren las chicas los ojos: para no tener que verlo. A veces los cambios son tan sorprendentes que uno se pregunta si no le habrán cambiado a uno la persona en el último segundo. Hay gente que gana en la microdistancia y gente que pierde casi todos sus puntos. Basta, en cualquier caso, con cerrar los ojos y quererla por lo que es, o lo que esperamos que sea, o lo que fue cuando era niña pequeña y no hacía nada malo.
Pero la gran asignatura pendiente del primer beso, qué duda cabe, es el gusto. Cada uno tiene el suyo -su gusto y sus gustos- y jamás se debería olvidar que igual que las personas saben, nosotros también les sabemos a otras personas, tal vez no siempre no todo lo bien que nos gustaría. Yo soy un gran fan -en los primeros besos- de los gustos inesperados. Y es que el gusto -como el tamaño de ciertas cosas- son siempre la gran sorpresa y el lugar en torno al que se genera el mayor número de expectativas. Son también los grandes delatores del alcohol ingerido o los pitillos fumados, pero hay que ser indulgente con los sabores nuevos.
El primer beso será siempre esa criatura retráctil y un poco patosa. Si se parece más a un golpe que a una carantoñano es desde luego culpa suya, ni quizá nuestra. Y es que si cada uno vive como puede no es menos cierto que cada cual besa también como Dios le da a entender. O al menos la primera vez.
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martes, 31 de diciembre de 2013
La asquerosa nostalgia cada fin de año
Me paso el año leyendo novedades, poemas y libros que caen en mis manos, me recomiendan o que descubro yo misma en las peligrosas librerías (peligrosas para el bolsillo, maldigo) y siempre me ocurre que los últimos días del año me da por releer poetas y escritores que me acompañan desde el principio de los tiempos.
Este diciembre no he podido separarme de Whitman, quizá haya sido por mi estado emocional y las circunstancias angustiosas que me han acompañado este mes frío, pero siempre vuelvo al Canto a mí mismo que tanto me gusta. Leerlo es como pisar la hierba fresca en un campo verde improvisadamente (esas veces que uno va en coche, ve una pradera verde y seductora y no puede evitar parar...) o como volver a mi casa en Vitoria y refugiarme del mundo bajo la manta.
Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron
aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
...
Me gusta sentir el empuje amoroso de las raíces
al través de la tierra,
el latido de mi corazón,
la sangre que inunda mis pulmones,
el aire puro que los orea
en inspiraciones y espiraciones amplias.
Me gusta olfatear las hojas verdes
y las hojas secas,
las rocas negruzcas de la playa
y el heno que se apila en los pajares.
Me gusta oír el escándalo de mi voz, forjando palabras
que se pierden en los remolinos del viento.
Me gusta besar,
abrazar
y alcanzar el corazón de todos los hombres con mis brazos.
FELIZ AÑO, AMIGOS.
Este diciembre no he podido separarme de Whitman, quizá haya sido por mi estado emocional y las circunstancias angustiosas que me han acompañado este mes frío, pero siempre vuelvo al Canto a mí mismo que tanto me gusta. Leerlo es como pisar la hierba fresca en un campo verde improvisadamente (esas veces que uno va en coche, ve una pradera verde y seductora y no puede evitar parar...) o como volver a mi casa en Vitoria y refugiarme del mundo bajo la manta.
Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron
aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
...
Me gusta sentir el empuje amoroso de las raíces
al través de la tierra,
el latido de mi corazón,
la sangre que inunda mis pulmones,
el aire puro que los orea
en inspiraciones y espiraciones amplias.
Me gusta olfatear las hojas verdes
y las hojas secas,
las rocas negruzcas de la playa
y el heno que se apila en los pajares.
Me gusta oír el escándalo de mi voz, forjando palabras
que se pierden en los remolinos del viento.
Me gusta besar,
abrazar
y alcanzar el corazón de todos los hombres con mis brazos.
FELIZ AÑO, AMIGOS.
viernes, 29 de noviembre de 2013
viernes, 26 de julio de 2013
Poesía de Celaya
El otro día, un domingo caluroso y de cielo azulísimo, llegué a casa tras un maravilloso día de playa y actividad con los amigos. Estaba agotada. Tenía que escribir un poema para recitar en la boda de una muy buena amiga y decidí coger de mis estanterías un buen abanico de libros de poesía para hojearlos tranquilamente en la bañera, en búsqueda y captura de la inspiración. Me iba a dar un buen baño ilustrado, de esos que hacía tiempo que no disfrutaba!
Tras mirar y releer versos sueltos, poemas casi olvidados entre las páginas, párrafos subrayados (desde que empecé a leer tengo la manía de subrayar aquello que me gusta, con lapiceros de colores; es un mal vicio, pero así hago míos los libros, y me beneficio de ello cuando quiero repasar algo de un autor en breve tiempo, los subrayados llamativos suplicando atención...), me di cuenta, de repente, de que estaba completamente absorta desde hacía un rato en un mismo libro:
Gabriel Celaya Poesía (Alianza editorial, 1977)
Introducción y selección de Ángel González
Completamente manoseado, que bien ha sufrido acompañándome de mudanza en mudanza, y que _si no mal recuerdo_ lo tomé "prestado" de la biblioteca de mi padre. Como tantos otros... (siempre te lo agradeceré!).
Bueno, pues sin desviarme del asunto, me gustaría dedicar mi entrada a este grandísimo y original poeta, que hacía tiempo no leía y que me dejó completamente ensimismada hasta que me inundó el agua fría y no tuve más remedio que salir de la bañera...
Aquí os muestro algunos de los poemas culpables de ello, la selección me ha resultado complicada, tenía aproximadamente la mitad del libro subrayado, por lo que de algunos os muestro únicamente fragmentos (y os animo a leerlos, que la extensión no os asuste, os veréis recompensados...):
Todas las mañanas cuando leo el periódico
Me asomo a mi agujero
pequeñito.
Fuera suena el mundo, sus números,
su prisa,
sus furias que dan a una su zumba y
su lamento.
Y escucho. No lo entiendo.
Los hombres amarillos, los negros o
los blancos,
la Bolsa, las escuadras, los
partidos, la guerra:
largas filas de hombres cayendo de
uno en uno.
Los cuento. No lo entiendo.
Levantan sus banderas, sus
sonrisas, sus dientes,
sus tanques, su avaricia, sus
cálculos, sus vientres
y una belleza ofrece su sexo a la
violencia.
Lo veo. No lo creo.
Yo tengo mi agujero oscuro y
calentito.
Si miro hacia lo alto, veo un poco
de cielo.
Puedo dormir, comer, soñar con
Dios, rascarme.
El resto no lo entiendo.
La poesía es un arma cargada de futuro
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la
conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
[...]
Maldigo la poesía concebida
como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se
desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta
mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos
sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto
perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro
llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son
actos.
Debo
ser algo tonto
Debo ser algo tonto
porque a veces me ocurre que me pongo a hablar
solo,
y digo cosas locas,
digo nombres bonitos de muchachas y barcos
o títulos de libros que
nadie ha escrito nunca.
Babeo, grito y lloro.
Los verbos absolutos me llenan de ternura
y esas vocales sueltas, inútiles, redondas,
que vuelan para nada,
me elevan boquiabierto hacia no sé qué gozos.
Soy feliz y, por eso, también un poco tonto.
Contigo
Cuando te tengo y me tienes,
somos la eterna pareja,
somos la forma indivisa,
somos isla en las tinieblas.
Cuando navego fundido
por tu espesada indolencia,
cuando, abrazándose, encuentro
la redondez del planeta,
somos a muerte la vida
que en mí tiembla, que tú encierras.
Allá fuera queda el mundo
con sus relojes a vueltas,
sus faroles alienados,
sus timbres siempre de urgencia.
Aquí dentro, tú y yo juntos
completamos la conciencia.
[...]
Parece que todo empieza y
acaba cuando sonrío
recogiéndote, apretado
calor pequeño y sombrío,
delicia casi sin forma.
¿Oh, mi dulce animalito
de ojos vivos!, te descubro
y empiezo por el principio.
Por ti, todo me resulta
tan justo como sencillo.
Todo bello, tan concreto,
que sobran los adjetivos.
Fechas, cielos, horas, sitios
exactos y nombres propios
me bastan; y en el instante
vulgar hallo un paraíso.
Enumero: Tximistarri,
Nordeste, trece de junio,
dieciséis grados, dos tarde,
mar picado, viento vivo.
Y ese momento, de pronto,
contigo al lado, es distinto.
Nos bañamos. Devoramos
huevos duros, bocadillos,
tomates con mayonesa
y tanto da, nos reímos.
Y una alegría tremenda
de tenerte, de estar vivo,
de ser así como somos,
mágicamente sencillos,
me enseña cómo se puede
prescindir de lo infinito.
Cada instante es un instante
en que se da lo absoluto.
En cada gozo concreto
tengo la vida en un puño.
La corbata que he estrenado,
el cigarrillo que fumo,
el olor de una manzana,
el besarte que disfruto,
son actos que, bien vividos,
dan lo total en un punto.
Nada es vulgar, nada es vano
si en ello, a fondo, me sumo.
Cuando el pulso bate lleno
no hay pasado, ni hay futuro,
sólo hay presente, regalo,
cuerpos y actos, ser maduro.
[...]
Vamos así por el mundo
caminando, sonriendo,
recogiendo luces chicas
con la punta de los dedos
y poniendo telegramas
de alegría para el pueblo.
...
Mas nosotros, de la mano,
vamos andando y pidiendo
la libertad que queremos
para todos, al querernos.
Todo
vale la pena
TODO vale la pena.
Espero ansiosamente telegramas que digan,
por ejemplo: "Aceptado", o:
"Llegué bien. Abrazos."
Pago cualquier precio por un coñac decente;
pierdo noches enteras con cualquier muchacha.
Todo vale la pena.
Todo me arrebata y esto es lo terrible;
todo me apasiona y es, sin embargo, tonto;
todo debería parecerme nada,
mas las naderías son mi vida, mi todo.
Todo vale la pena.
Llevo el capital social de mi negocio
como un piel-roja lleva su pluma arrogante.
Es una miseria; no significa nada;
mas mi sangre suena: vivo, soy dichoso.
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miércoles, 3 de julio de 2013
Andábamos sin buscarnos...
No voy a contaros lo avergonzada que me siento habiendo descuidado a este mi blog, que con tanto entusiasmo tetrasílabo comencé hace unos meses. Por lo que me centraré en el motivo que me ha impulsado a venir hoy a casa corriendo con una idea en la cabeza. Se acaban de cumplir los 50 años de RAYUELA, esa novela talismán, la gran novela de Julio Cortázar que tanto nos ha impactado y cuya aparición supuso una revolución literaria.
Me acuerdo de que la leí con mis 18 añitos, recién llegada a Madrid, con el corazón henchido de la exaltación de salir de casa y la incertidumbre de qué me iba a mostrar el mundo y la vida a partir de ese momento.Me quedé embelesada con la curiosa manera en que Oliveira la llamaba a ella, la Maga. Me pareció el colmo del magnetismo, de la fascinación, del embrujo que yo creía percibir como cercano al amor. Que te llamen la Maga,..., digamos que lo vislumbraba como una fantasía, un sentimiento excesivo que se presumía irreal.
Hoy leyendo el periódico y dándome cuenta de que ya han pasado tantos años, me he acordado cómo una tarde de verano, allá por 1998, por el Templo de Debod en Madrid, paseaba yo con un chico de clase que me gustaba y que se acercó todo nervioso y me entregó un pergamino enrollado en el que había escrito:
"¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra."
Fue realmente tierno leer esas palabras, esa última frase destacada para mí, cuya lectura culminó en un bonito beso. Aquellas tardes sin prisas, de ilusión joven y brisa cálida que nos abrazaba. Poco después, me llamaba Maga, y paradójicamente, yo me asusté tanto que acabé desapareciendo...
Me acuerdo de que la leí con mis 18 añitos, recién llegada a Madrid, con el corazón henchido de la exaltación de salir de casa y la incertidumbre de qué me iba a mostrar el mundo y la vida a partir de ese momento.Me quedé embelesada con la curiosa manera en que Oliveira la llamaba a ella, la Maga. Me pareció el colmo del magnetismo, de la fascinación, del embrujo que yo creía percibir como cercano al amor. Que te llamen la Maga,..., digamos que lo vislumbraba como una fantasía, un sentimiento excesivo que se presumía irreal.
Hoy leyendo el periódico y dándome cuenta de que ya han pasado tantos años, me he acordado cómo una tarde de verano, allá por 1998, por el Templo de Debod en Madrid, paseaba yo con un chico de clase que me gustaba y que se acercó todo nervioso y me entregó un pergamino enrollado en el que había escrito:
"¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra."
Fue realmente tierno leer esas palabras, esa última frase destacada para mí, cuya lectura culminó en un bonito beso. Aquellas tardes sin prisas, de ilusión joven y brisa cálida que nos abrazaba. Poco después, me llamaba Maga, y paradójicamente, yo me asusté tanto que acabé desapareciendo...
domingo, 5 de mayo de 2013
Por mucho que la gente deje de creer en lo que le rodea, yo no tengo remedio.
Creo.
Creo a pesar de todo.
Creo a pesar del desasosiego.
Creo a pesar del fatalismo y las negras noticias cada mañana.
Creo que estamos por encima de todo; excepto del sistema, que nos engulle.
Creo en la razón.
Creo en el esfuerzo.
Los corazones son fuertes y los cuerpos
resistentes [mucho más de lo que uno piensa].
Creo en la naturaleza humana.
Creo en la bondad, tan castigada.
Creo en los abrazos furiosos.
Creo en este mundo extraordinario.
Creo en la vida.
Y tristemente la maldigo por creer tan a ciegas en ella.
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